Descripción de la ruta
Esta fue la primera ruta de la semana y, como en años anteriores, volvió a recordarme por qué me gusta tanto este tramo de costa. Tiene algo salvaje, algo poco domesticado, que contrasta con las playas más cómodas y concurridas de Alcossebre.
Al terminar la Playa Romana comienza una sucesión de pequeñas calas de fácil acceso, aunque no parecen el lugar más cómodo para pasar un día entero. No hay apenas arena; todo son cantos rodados, piedras y pequeños espacios irregulares donde resulta difícil imaginar a unos niños jugando a la pelota o a una familia instalándose con sombrilla y toallas. Sin embargo, precisamente por eso conservan su encanto. Son calas más para mirar, caminar, detenerse un rato y escuchar el mar, que para tumbarse durante horas. En varios puntos abundan también los cañaverales, que dan al paisaje un aire más agreste y mediterráneo.
Más adelante, antes de llegar al camping y al Mirador del Moro, aparece la desembocadura de un cauce cuyo nombre desconozco. En esta época está seco, lleno de piedras y sin rastro de agua. Aun así, su presencia se nota en el terreno, como una cicatriz abierta hacia el mar que recuerda que, cuando llegan las lluvias fuertes, estos barrancos pueden recuperar de golpe toda su fuerza.
Continúo avanzando y paso por otras calas. En esta zona ya se ven bastantes autocaravanas, señal de que el lugar, pese a su aspecto algo solitario, es conocido y frecuentado por quienes buscan pasar unos días junto al mar de una forma más libre y tranquila.
Finalmente llego a otra desembocadura, también seca y pedregosa, interrumpida por una carretera asfaltada. Este punto ofrece una impresión bastante menos agradable: hay suciedad acumulada y olores desagradables, casi putrefactos. Cerca de allí se ha habilitado una playa para perros. A continuación, el camino se adentra en una zona de vegetación más espesa, una pequeña foresta que muestra señales evidentes de haber sufrido los efectos de lluvias torrenciales: maleza arrancada, ramas rotas, palmeras dañadas y restos vegetales arrastrados por la fuerza del agua.
Al otro lado se distingue algo parecido a un campamento temporal, quizá ocupado por personas que buscan pasar el verano de forma sencilla, cerca de la costa. El paisaje, en este tramo, mezcla belleza natural, abandono, vida improvisada y las huellas visibles de los temporales.
Después de unos 4,5 kilómetros llego a Capicorb y a la ermita de Sant Antoni, que encuentro cerrada. Rodeo el pequeño edificio y aprovecho para hacer algunas fotografías. Me llama especialmente la atención una palmera medio escondida entre la vegetación, como si quisiera pasar desapercibida. Tiene algo de imagen simbólica: naturaleza que resiste, que se adapta y que sigue creciendo incluso en rincones discretos.
Con esta visita doy por terminado el recorrido de ida e inicio el camino de vuelta. Regreso con la sensación de haber atravesado una costa menos cómoda, menos turística quizá, pero mucho más auténtica. Una costa de piedras, cañas, barrancos secos, calas solitarias y restos de temporales; un paisaje que no busca agradar siempre, pero que precisamente por eso conserva una fuerza especial.