Descripción de la ruta
Cantocochinos – Puente del Retén – Los Chorros – Puente de los Manchegos – Collado de los Pastores – Cantocochinos
Aproximadamente a las 8:15 de la mañana mi colega y yo iniciamos la marcha desde el Aparcamiento 3 de Cantocochinos. El plan parecía claro: alcanzar el Puente del Retén, remontar el curso del Manzanares por su vereda hasta Los Chorros y el Puente de los Manchegos, subir después al Collado de los Pastores y regresar cómodamente por la pista hasta Cantocochinos. Sobre el papel, unos 17 kilómetros. La Pedriza, sin embargo, tenía preparados otros planes.
Desde Cantocochinos nos dirigimos primero hacia el Puente del Francés y, nada más cruzarlo, tomamos la escalera que asciende hacia el sendero del Puente del Retén. Poco antes de llegar encontramos una pradera en la que numerosos troncos cortados aparecían distribuidos sobre el terreno. No parecían abandonados al azar: esta disposición ayuda a frenar la erosión, conservar la humedad, devolver nutrientes al suelo a medida que la madera se descompone y favorecer la biodiversidad.
Cruzamos el Puente del Retén, hoy bastante más seguro que hace algunos años, y entramos en la senda que remonta el valle siguiendo el río Manzanares. Nuestro siguiente objetivo eran Los Chorros y, desde allí, continuar por la ribera hasta salir a las proximidades del Puente de los Manchegos.
Pero fue precisamente en las inmediaciones de Los Chorros donde comenzó la verdadera aventura. En algún momento perdimos la senda correcta. Intentamos recuperarla, dimos vueltas, buscamos pasos entre la vegetación y acabamos aceptando lo evidente: nos habíamos despistado. Tocaba detenerse, descansar unos minutos y decidir cómo salir de allí.
La decisión fue contundente: subiríamos prácticamente en línea recta, hasta alcanzar la pista que viene del Comedero de los Buitres en dirección al Puente de los Manchegos. Decirlo resultó mucho más sencillo que hacerlo. Nos esperaba un terreno áspero y cerrado, dominado por jara estepária y pringosa, retamas, brezos, piedras, rocas y grandes lanchas de granito. Hubo que buscar continuamente por dónde avanzar, abrirnos paso entre la vegetación y superar algunos sectores en los que La Pedriza parecía empeñada en recordarnos quién mandaba allí.
Finalmente alcanzamos la pista. Fue un alivio: al menos volvíamos a estar perfectamente orientados. El problema era que habíamos aparecido mucho más lejos del Puente de los Manchegos de lo que habíamos calculado. Llevábamos 7,8 kilómetros desde la salida y todavía nos quedaban aproximadamente otros tres para alcanzar el puente.
Cuando por fin llegamos al Puente de los Manchegos, el GPS marcaba ya 11,33 kilómetros. Allí pudimos comprobar también una de las imágenes más llamativas de esta jornada: el escaso caudal del Manzanares. El verano y las altas temperaturas habían reducido considerablemente el agua y aquellas cascadas y rápidos que en otras épocas convierten este tramo del río en uno de los lugares más espectaculares de La Pedriza mostraban ahora una imagen mucho más modesta.
Desde el puente emprendimos la subida hacia el Collado de los Pastores, situado a 12,25 kilómetros desde nuestra salida. Es aproximadamente un kilómetro de pista ascendente, bastante tendida, que después de todo lo que habíamos pasado nos resultó sorprendentemente cómoda. Cerca del collado encontramos lo que parece ser una estación meteorológica y, al otro lado, cuatro paneles informativos que ayudan a identificar el magnífico paisaje que se abre desde este punto.
Desde allí, además, pudimos contemplar parte de la senda que deberíamos haber seguido junto al Manzanares. Viéndola desde arriba comprendimos mejor nuestro error: durante buena parte del tramo habíamos caminado demasiado altos respecto al cauce. Yo había realizado esta ruta al menos un par de veces años atrás, pero la vegetación actual es mucho más tupida, circunstancia que probablemente contribuyó a que perdiéramos la referencia del sendero.
Superado el Collado de los Pastores comenzaba, teóricamente, la parte fácil: todo descenso hasta Cantocochinos siguiendo una larga pista de numerosas zetas. Pero a esas alturas apareció un nuevo protagonista en nuestra jornada: el agua que nos quedaba.
Los kilómetros adicionales provocados por nuestro despiste habían alargado considerablemente una ruta calculada inicialmente en unos 17 kilómetros. Empezamos a buscar mentalmente alternativas y posibles atajos. Nuestra referencia era la Fuente del Retén, todavía varios kilómetros más abajo. A medida que avanzábamos, la preocupación por encontrar agua iba aumentando. El cansancio era soportable; la distancia también. Pero con el calor del verano, quedarse sin agua en mitad de La Pedriza era una cuestión muy diferente.
Seguimos descendiendo, ya resignados a completar todos los kilómetros que fueran necesarios, cuando la montaña decidió concedernos una pequeña recompensa.
Casi por sorpresa apareció la Fuente de la Umbría.
El GPS marcaba 19,78 kilómetros.
De ella manaba un agua extraordinariamente fresca y transparente. Un cartel advertía de que se trataba de agua no tratada, pero un senderista que se encontraba allí nos aseguró que podía beberse sin problema. Después de tantos kilómetros y de la preocupación acumulada durante el descenso, aquel pequeño caño se convirtió para nosotros en algo bastante parecido a un oasis. Bebimos, rellenamos las botellas y recuperamos, de golpe, buena parte del ánimo que los kilómetros nos habían ido quitando.
Desde allí continuamos hacia Cantocochinos sin nuevos contratiempos. Cuando finalmente alcanzamos el aparcamiento, el recorrido previsto de unos 17 kilómetros se había convertido en una ruta de 21,17 kilómetros y 761 metros de desnivel positivo.
Habíamos perdido la senda, nos habíamos enriscado entre jaras, retamas, brezos y granito, habíamos recorrido bastantes kilómetros más de los previstos y durante un buen rato habíamos mirado nuestras botellas con bastante más atención de la habitual.
Pero llegamos.
Y quizá precisamente por eso esta ruta acabó siendo mucho más que otro recorrido por La Pedriza. No salió como la habíamos planeado, pero terminó convirtiéndose en una de esas jornadas que se recuerdan: una pequeña aventura entre el granito, el monte y el Manzanares, con 21 kilómetros en las piernas y una fuente inesperada apareciendo justo cuando más deseábamos encontrarla.